La semana pasada fui a ver La Dama de Hierro (The Iron Lady), el biopic imprescindible del año (según dicen). La película es, bajo mi punto de vista, exactamente lo que parece: una producción a la medida de Meryl Streep. Con esto quiero decir que todo gira en torno a ella. Dicho así parecería que eso está bien, pues un film sobre Margaret Thatcher es normal que se centre en Margaret Thatcher. Pues no, se centra en Meryl Streep.

 

La Dama de Hierro

 

Para que Meryl Streep se parezca a Margaret Thatcher lo suficiente como para ganar premios (único objetivo del film al fin y al cabo), ha hecho falta bastante maquillaje. En ese aspecto, la caracterización es sublime. A partir de ahí, el resto es una retahíla de sucesos socio-políticos que tuvieron lugar durante el mandato de la primera ministra. Sin continuidad y sin profundidad, la directora Phyllida Lloyd aprovecha que tiene entre sus manos a una eterna candidata a los óscars bien maquillada olvidando todo lo demás. Sólo el personaje de Jim Broadbent consigue, en pocas ocasiones, dar un pequeño contrapunto a una historia que tiene muy poca historia.

 

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